Al artículo 120 de la Ley de Contratos del Sector Público se sumaron modificaciones vía RDL ( el 7/2020 de 12 marzo, el 8/2020 de 17 de marzo y el 9/2020 de 27 de marzo) que permitían a las Administraciones realizar el pago por anticipado de la prestación.

La rehostia, el chollo total, no hacía falta ni ser empresario, ni tener experiencia en el sector, ni tener solvencia, ni nada de nada; encargabas a China mascarillas o respiradores por valor de 6 millones, pasabas una factura por 10 millones, y la Administración, ya fuera la Central, la Autonómica o la Municipal, te largaba la pasta al recibir el producto o incluso antes. Bastaba con tener “el contacto” adecuado, un facilitador, para que el órgano contratante te adjudicara el contrato.

Nos quieren convencer de que es el empresario o el político quien contacta con el empleado público y éste se bautiza en la corrupción, que el primero es el ideólogo, el proponente del negocio, y el cargo o empleado público colaborador, la víctima, el embaucado. Pero, ¿y si fuera al revés?, ¿y si hubiera una complicidad entre ambos que viniera de atrás?

Los políticos se interesan en conocer qué más casos de contrataciones durante la pandemia se dieron en territorio gobernado por el partido rival, para echárselos a la cara y alimentar el “¡pues anda que tú!” y el “y tú más”. Con ese “embarramiento” pretenden remontar el partido, pero lo único que consiguen es generar el desasosiego entre la gente y el descreimiento en la clase política.

La corrupción en las Administraciones no surgió como algo inédito para aprovecharse de las facilidades que ofrecía una contratación de emergencia, tampoco debemos pensar que otro “caso mascarillas” no volverá a darse hasta la próxima pandemia, porque en el ínterin la cosa estuviera auditada, funcionara la vigilancia.

Se trata, sí, de investigar los contratos fraudulentos de material sanitario cuando España estaba confinada, pero también de tirar de los flecos y llegar a esa corrupción estructural, la que estaba ahí desde antes, la que ha estado siempre, la que se transmite o se pone al servicio de los sucesores en el cargo. Se trata de investigar si los empleados públicos o cargos de las Administraciones intervinientes han participado en otras operaciones y concesiones de contratos anteriores o posteriores, de investigar a esos tito Berni, Koldo, Luceño, Alvarito…, husmear en su historial como “conseguidores”, sus cómplices, sus conexiones, sus cuentas aquí y fuera, su participación en sociedades y empresas fantasma receptoras de subvenciones, y, sobre todo, sus enriquecimientos en A y/o en B.

Las Administraciones necesitan un servicio de “Asuntos Internos”, que desarrolle una labor de campo, que vigile de cerca todos los contratos administrativos, “mayores y menores”, y que atienda a todas las denuncias y sospechas de manejos en las mesas de contratación, y de concesiones irregulares de contratos, subvenciones, recalificaciones y “rescates”. No se puede encomendar esa labor a una Intervención General y a un Tribunal de Cuentas, con una visión del asunto demasiado institucional y panorámica, ni a una Oficina de Conflicto de Intereses, a cargo de Flor María López desde 2.007, con rango de subdirectora general y desde la llegada de Pedro Sánchez con rango de directora general, con una visión, es comprensible, propia de una persona con sueldazo durante 14 años.

Hace diez años, el día 8 de agosto de 2014 la OMS declaró ESPII cuando un brote de Ébola, que se había iniciado seis meses antes, alcanzó la capital de Guinea Conakry, ciudad que por disponer de un aeropuerto internacional podría facilitar la propagación de la enfermedad a otros países.

El Ébola es una enfermedad infecciosa incluida entre las fiebres hemorrágicas virales como la fiebre de Crimea Congo, la de Lassa, la de Marburgo, la del Valle del Rift, el Dengue, y otras menos conocidas.

Como su nombre indica son infecciones por virus, mostrando los casos graves una clínica bastante parecida de fiebre, cuadro pseudogripal, y trastornos en la coagulación y aumento de la permeabilidad capilar que provocan hemorragias cutáneas, gingivales, conjuntivales, vómitos y heces sanguinolentas, y hemorragias internas, para terminar, una o dos semanas después, en un fallo multisistémico y shock, con frecuencia mortal.

La gravedad varía dependiendo del virus y la cepa causal, y la letalidad en el caso del Ébola oscila entre el 50 y el 90%; en concreto, en la epidemia del 2.014 la mortalidad fue cercana al 55%.

La clínica de estas fiebres es parecida, pero los reservorios y mecanismos de transmisión son más dispares: transmisión por heces y orina de roedores (Lassa), picadura de garrapatas (Crimea-Congo), picadura de mosquitos (Dengue, fiebre amarilla)…

El Ébola se puede transmitir por vía percutánea, transfusiones, trasplantes de órganos, vía vertical de la madre al feto o por vía sexual, pero la transmisión persona a persona ocurre fundamentalmente por contacto con fluidos o tejidos de una persona afectada. La vía respiratoria, y esto es importante, está descartada.

El periodo de incubación de estas fiebres oscila entre 2 y 21 días, y el de transmisibilidad, gracias a Dios, comienza con los síntomas, es decir, es una enfermedad que “da la cara”, no se dan contagios en los casos asintomáticos o durante el periodo de incubación, por la baja viremia en esos casos.

La contagiosidad del virus en aquella ESPII tuvo un Número Básico de Reproducción (casos nuevos generados por un positivo a lo largo del periodo de transmisibilidad) de Ro 2-3, mientras que otras enfermedades de transmisión aérea como el sarampión o la tosferina tienen un Ro superior a 12, o el SARS-Cov-2 variante Delta de 7 y variante Ómicron de 10.

Las medidas preventivas asientan en la actualidad en una vacuna frente a una variante del virus exclusivamente, no frente a todas las cepas del virus, y eso hoy, porque en 2014 ni ésta existía.

No tiene tratamiento específico, por lo que ante un caso sólo cabe un tratamiento sintomático y de mantenimiento ( analgésicos, antitérmicos, tratamiento hidroelectrolítico, control de presión arterial y oxigenación…), y medidas de aislamiento de contacto (guantes, protección ocular, lavado de manos, desinfección de ropa, objetos y superficies, calzas, EPIs…).

El aislamiento puede hacerse “in situ” y con medios limitados, como serían equipos de protección personal, desinfectantes, protocolos adecuados y la capacitación del personal que vaya a atender a los enfermos. Las medidas anteriores se deben complementar con la educación y concienciación de la población sobre la enfermedad y sus síntomas, medidas a tomar en la vida diaria, información para una detección temprana, eliminar supersticiones locales, atención médica gratuita y precoz…

El gobierno español decidió la aeroevacuación de los dos cooperantes españoles afectados por Ébola, Miguel Pajares y Manuel García Viejo. La repatriación la hizo la UMAER, Unidad Médica de Aeroevacuación del Ejército del Aire, de acuerdo a unos protocolos de actuación proporcionados por Sanidad y Defensa. El traslado se hizo en un Airbus 310 y en un Hércules 130 medicalizados, en septiembre y octubre, desde Liberia y Sierra Leona, haciendo al llegar la transferencia de los pacientes al equipo médico del SUMMA que los trasladó al hospital Carlos III.

Con Miguel Pajares se evacuó a otra cooperante, la hermana Juliana Bonoha, ecuatoguineana con nacionalidad española, sospechosa de estar infectada, pero se dejó en tierra a otra ecuatoguineana, Paciencia Melgar, ésta sí, infectada. Resultado: los dos religiosos repatriados fallecieron en España; no se confirmó la infección de Juliana, y Paciencia superó la enfermedad en Liberia.

Dcha. Manuel García Viejo, director médico del hospital de San Juan de Dios en Lunsar, Sierra Leona, fue evacuado y falleció en España.

Teresa Romero, auxiliar de enfermería, que se presentó voluntaria para atender a Manuel García Viejo, el segundo religioso repatriado, se contagió de manera accidental al parecer por llevarse la mano a la cara cuando se retiraba el equipo de protección. Teresa superó la enfermedad después de un mes de hospitalización y aislamiento, y su marido fue sometido a cuarentena.

En relación al contagio, el Consejo General de Enfermería informó que “los protocolos, formación y entrenamiento del personal habían sido insuficientes”.

La hermana Paciencia, la que abandonamos en Liberia por no ser española, vino después a España y aportó su sangre, de la que se obtuvo un suero inmunitario que fue utilizado con Teresa. El Consejo de Ministros agradeció el gesto de Paciencia concediéndole la nacionalidad española, por lo que ya puede estar tranquila, “a la siguiente epidemia será evacuada, no la vamos a dejar tirada”.

Otra víctima indirecta de la enfermedad fue Excalibur, el perro de Teresa, sacrificado por orden de la Consejería de Salud de la Comunidad de Madrid. No se atendió a la petición de la pareja de respetar la vida del animal, ni la justicia después atendió a la petición de una responsabilidad patrimonial; los jueces entendieron que el sacrificio del animal “fue inevitable”, y a un recurso posterior se les condenó en costas al pago de 2.100 euros.

¿Fue inevitable el sacrificio de Excalibur, como dijeron los jueces? Lo cierto es que como reservorios animales del virus del Ébola sólo se admiten y “de manera ocasional” los monos y murciélagos, nunca los perros, luego su sacrificio fue evitable; cuarentena y estudio serológico a lo sumo.

Ese fue el pago al generoso ofrecimiento de Teresa: pasar una enfermedad que la llevó al borde de la muerte, sacrificar a su perro y una multa.

Los países africanos solicitaron ayuda de la comunidad internacional a la que la Comisión Europea respondió con una aportación de 500.000 euros que, además de ínfima, vaya usted a saber dónde fue a parar. Mucho más inteligente, solidaria y eficaz fue la respuesta de Cuba que envió 165 sanitarios, incrementados después hasta 461, y la de China, que envió personal médico, 78 en 2014 y 232 en 2015, para formación de personal local.

La respuesta a una epidemia por una enfermedad infectocontagiosa de estas características tiene que darse allí, “in situ”, ayudando a los sanitarios locales a aplicar las medidas de control adecuadas, teniendo en cuenta que es una enfermedad de transmisión por contacto, no de transmisión aérea, ni vectorial, que no tenía tratamiento específico, ni vacuna conocida y que la contagiosidad comienza después del periodo de incubación, con los síntomas. No tiene sentido proceder, como se hizo, a la “evacuación de los tuyos”; porque es contrario a lo recomendado en el Reglamento Sanitario Internacional (2005) y por la OMS, ya que la evacuación de un enfermo fuera de los países afectados incrementa el riesgo de la propagación internacional.

Durante la crisis del Ébola, segunda mitad del 2014, teníamos como director del Hospital Militar Central de la Defensa “Gómez Ulla” al general de brigada médico Santiago Coca Menchero, quien al poco fue ascendido a general de división médico, y nombrado Inspector General de Sanidad Militar el 15 de enero de 2015.

Efectivamente, el mismo, el tal Coca era el mismo que consiguió once años antes, de los tres médicos militares desplazados a Turquía, para el general auditor Javier Juliani Hernán y para el intruso juez militar togado n.º 32, los certificados médicos de defunción y los informes de necropsia de las víctimas de accidente aéreo del Yak-42.

¿Resultado…?, los tres médicos que firmaron los documentos que les llevó a Torrejón el entonces teniente coronel médico Santiago Coca, y se los puso a la firma “para el juez militar”, fueron condenados por “falsedad en documento publico”; el general Javier Juliani fue elevado a magistrado del Tribunal Supremo por el ministro socialista José Bono, y el reptante Santiago Coca llegó al máximo empleo de la Sanidad Militar.

Cuando todavía Teresa Romero se encontraba ingresada, Coca fardaba por todo el hospital de que iba a crear en la planta 22 del hospital, la de enfermedades infecciosas, una zona de alto aislamiento, una zona “anti ébola”. Lo hacía verosímil su ostentosa cercanía y presumida “amistad”, que todos veíamos como un burdo peloteo, con la Subsecretaria de Defensa y la Directora General de Personal, para él la “subse” y la “digenper”.

Pues mire usted, el tío lo consiguió, y Defensa se haría cargo de la construcción de una UAA (Unidad de Alto Aislamiento) en el hospital, arriba del todo, que sería la envidia y admiración de toda la sanidad europea.

¿Qué pintaba la Sanidad Militar metida en esos fregados que correspondían al Sistema Nacional de Salud, al Ministerio de Sanidad, al Carlos III…?, a cualquiera menos a ella, ¿maquillar a un ministro, Morenés, demasiado vinculado a la industria del armamento?, ¿era un capricho personal de Santiago Coca, tozudo promotor del engendro? Muy, pero que muy, sospechoso el empeño de Coca, pero eso da para la siguiente entrada y más.

EL COLMILLO DEL NEANDERTAL

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